HOLA A TODOS
Este blog se ha creado de forma secundaria al blog Adictos a la Escritura, para poder dar cabida a las publicaciones de aquellos miembros que carezcan de un lugar propio.
Un saludo
Sandra
Un saludo
Sandra
martes, 29 de mayo de 2012
La doble imagen -Autora Aqua-
Adela llevaba tanto tiempo persiguiendo aquella rosa, que prácticamente pensaba que nunca conseguiría encontrarla. Pero allí estaba, perfecta, a escasos centímetros de sus dedos. Que en un instante la tocaría, y toda aquella historia absurda terminaría.
Años atrás…
-¡Adela! ¿Has hecho tú eso?
-¡Sí, mamá! –Adela exhibe una gran sonrisa desdentada. Mira a su madre, con esos grandes ojos verdes, con el pelo alborotado.
-Oh, cariño…- Diana sonrió, por fin, por fin su querida hija había encontrado su poder, el de la curación. - ¡Vas a ser una sanadora encantadora!
-¿Así es cómo se le llama a eso en la comunidad mágica?
-Sí, cielo, así.
Adela había curado a un pequeño pajarito que había caído de un árbol, así comenzó su historia.
Y unos años después, en unos cuantos jardines más allá…
-¿Kevin? ¡Kevin!
-Adela, mierda, mierda, me he rajado la pierna. Llama a una ambulancia. ¡Corre! ¡Venga! ¿Qué haces ahí parada?
Estaba sopesando lo que iba a pasar. Seguramente la ambulancia no llegaría a tiempo. Pero… él era su mejor amigo, no podía dejar que le amputasen la pierna, porque según su experiencia, eso era lo que pasaría. Así que, con lágrimas en los ojos, se acercó a él puso las manos sobre lo poco que quedaba de piel… y ¡PLUF! Simplemente la herida ya no estaba allí. Él no preguntó, probablemente sabía desde hace tiempo su don, aunque no se hubiera percatado de ello. La besó. Y ahí quedó todo. Pero había pagado un alto precio por ello.
Era una norma de rigor el que ningún mortal con poderes supiera que existía la magia. Y ella acababa de infringirla.
¿El coste? Si no encontraba la rosa, la rosa de los vientos, su descendencia estaría condenada al exilio.
La rosa es, desde tiempos inmemoriales, el objeto más buscado por aquello que se llama la comunidad mágica. ¿Por qué? Porque inutiliza los poderes oscuros de los magos. Nadie la ha visto, nadie sabe cómo es en realidad. Sólo lo que hace y su puede que incierto origen… que un dios griego la colocase allí para su amada, para ver si superaba la prueba de su amor. Evidentemente, no lo hizo. Así que es una forma de castigo para las personas que incumplen las normas. Y, por supuesto, Adela lo había hecho.
Se había tirado media vida buscándola, en todos los rincones del mundo, en todas las tribus de magos, en todas las dunas y desiertos. Y no la había encontrado. Kevin la acompañó en todos y cada uno de sus viajes, aunque no pudiera entrar en todos los lugares, porque a partir de su sacrificio, se habían convertido en almas inseparables.
Eran buscadores de tesoros, cazadores de recompensas. Habían conseguido ser felices juntos. Pero tiempo después de comenzar la búsqueda nació una preciosidad llamada Catherine. Entonces, Adela tuvo que pactar un trato, su hija se quedaba en tierra hasta que ella muriera, si en ese momento no había encontrado la rosa estaría condenada al exilio.
Después todo fue frenético. Pero se rindieron. No quedaban más rincones por visitar, tenían que preparar a su hija para una práctica muerte segura.
Sin embargo, habían pasado algo por alto. La amada de aquel dios griego era mortal, sin poderes. Por tanto no alcanzaba lugares mágicos.
Así que tuvieron una última idea, que si resultaba no estar en lo cierto, sería la última partida de búsqueda.
Fueron a la primera aldea mortal. Allí hablaron con el jefe de la rosa. Pero él no les atendió hasta que Adela le mostró su poder. Conocían el secreto de la magia, porque aquel dios se lo había contado.
Les llevaron hasta una cueva. Y al final de la gruta, estaba su salvación.
Una preciosa rosa roja, con el tallo y las hojas de oro, les estaba esperando.
Así que con las manos llenas de arrugas, y en el rostro quizá demasiada sabiduría, Adela entregó a la comunidad mágica aquella rosa, quitando de su nombre la infracción que había cometido hacía tanto tiempo. Pero, cuando salió por la puerta, la rosa desapareció. Porque, al fin y al cabo, era ella quien decidía dónde iba, y quería volver al sitio de donde había sido cogida, por si alguna vez aquella amada de aquel dios, lograba encontrarla.
lunes, 28 de mayo de 2012
La doble imagen -Autor Rubenson-
Hambre
Sentados en un viejo embarcadero jugueteaban con los pies cerca del agua mientras les rugía el estómago como un león. Vagarsin dinero, sin prisas y sin rumbo tenía sus cosas,y aquella era una de ellas. Ya hacía tres días que se habían comido la última torta de arroz, y desde entonces solo habían podido echarse a la boca un par de saltamontesdespistados. Así que andaban por el mundo, a pesar del aporte extra de proteínas, arrastrándosecomo un par de gusanos en las últimas cuando se toparon con aquel lago.
Y allí estaban, en aquel idílico lugar discutiendola mejor forma de pescar algo sin tener cañas,ninguno lo había intentado antes, cuando uno de ellos advirtió lo que rondaba bajo las roídas maderas del embarcadero.Era un pez, un pez enorme, de casi dos metros.Y brillaba como el oro bajo el intenso sol de mediodía.
-¿Cómo lo hacemos? ¿Saltamos encima? -dijo impaciente el más joven.
-Es muy grande, busquemos un par de palos y…
-¿Te da miedo una trucha grande? -dijo agazapándose en el borde-, además se va a ir.
-Que lo vas a espa…- intento gritar en susurros, pero no terminó la frase. Saúl ya había llegado al agua y le interrumpió gritando “lo tengo, lo tengo, ayúdame”.
Ya es nuestro, pensó Dani, y ante las perspectivascayó en una especie de ensoñación en la que contempló cién formas distintasdecocinar aquel magnifico pez dorado. Hasta que su hermano le devolvió a la realidad,gritando socorromientras era zarandeado, golpeado y sumergido una y otra vez, con tal potencia,que empezó a tenerdudas sobre quien secomería a quien.
-No se te ocurra soltarlo-le dijo relamiéndose-voy a buscar un palo.
-¡Socorro! -gritó nuevamente escupiendo agua.
Dani saltó en plancha sobre la cola del pez, como pudo puso los pies en el fondo fangoso y resbaladizo, consiguiendo sacarla fuera del agua.
-¡Hacia la orilla! -le gritó con fuerza- ¡vamos, ponte de pie ylevántale la cabeza!
No fue fácil, el pez demostrabasu fuerza retorciéndose casi a placer y lanzando bocados sin que apenas pudieran hacer nada. Además,Saúlpudo observar con atenciónla boca llena de dientes retorcidos y puntiagudos que sobresalíanaun cuando ésta estaba cerrada. Yse esforzabamucho más por mantenerla lejos de él que de acercarse a la orilla.
En aquel momento el objetivo no estaba claro y la situación parecía darse la vuelta.Pero el hambre es un gran aliado, y en contra de lo que pueda pensarse, te da fuerzas y tesón para continuar. Así que la cosa continuó hasta que el pez, que no tenía hambre, cedió.
-¡Está bien!- gritó el pez –vosotros ganáis, oficialmente estoy atrapado.
Todo quedó en calma y los hermanos al dejar de ser sacudidosquedaron,paradójicamente, desorientados.
-Digo que os concederé el deseo.¿No es eso lo que queréis?
-¿Cómo?- balbuceó,Saúl, sujetando la cabeza parlante.
-El pez dorado.El de los cuentos clásicos.Estoy obligado a conceder un deseo a quien me atrape-. El pez se ofendiópor no ser reconocido-. Macho eso todo el mundo lo sabe.
Los tres quedaron en un silencio incomodo,donde se dejaba oír el vuelo rasante de las libélulas y los árboles mecidos por el viento.
-Claro que sí- reacciono al fin Dani-¿el pez dorado, recuerdas, Saúl? El cuento de la yaya.
Saúl, hizo memoria por un segundo-Sí, sí, claro, el pez. ¿Y qué podemos pedirle?- le contestó.
- Espera, espera. ¿Es uno para cada uno?- Pregunto Dani.
-No- Dijo el pez, sonriendo con toda la dulzura que le permitían sus desproporcionados dientes.
-La paz mundial- sugirió rápidamente Saúl.
-No, eso no-intentó zanjar Dani-. Yo quiero una casa, que estoy harto de dormir a la intemperie.
-¿Una casa? ¡Tu eres un pedazo de…!
Y nuevamente, en aquel otro preciso momento en el que todo parecía volverse en contra de ellos,el hambre ayudó a que la balanza se inclinase a su favor.
Así que finalmente los hermanos se reconciliaron y fueron felices para siempre, ya que les unía la sangre, las ganas de reconciliarse porque eran hermanos y además el hambre. Y el pez, que sonreía orgulloso por haber sido reconocido por los muchachos, también sonrió contento y feliz hasta el fin de sus días. Que por cierto, fue ese mismo mediodía. Cuando los hermanos decidieron comérselo a la Navarra.
La doble imagen -Autora Ichabod-
Compañera de imagen: Ibso
El calor.
A pesar de que hacía viento, el sol de septiembre pegaba con fuerza. Su luz quemaba sin calentar, cargando la atmosfera con una sensación opresiva. El bosque estaba en calma, todo totalmente quieto como si sus moradores durmieran una siesta que nadie osaba perturbar.
El único movimiento era el suyo. Sus pasos irrumpían tímidamente en aquél caluroso silencio. Un joven muchacho caminando entre los verdes senderos sin rumbo fijo. Si cualquiera lo hubiesen visto tal vez lo hubieran juzgado como un joven vago buscando perder el tiempo, pero ellos no conocían los motivos que lo llevaban a emprender esa caminata.
Aquél errabundo muchacho finalmente se sentó sobre un tronco caído y agachó la cabeza. Comprendió entonces su acierto al llevar aquellas gafas oscuras, pues así ocultaba su mirada de la vista de los demás, una mirada que solo le correspondía a ella. La angustia le hacía latir el corazón a tal velocidad que parecía que en cualquier momento le sobrevendría un infarto. Quizás eso hubiera sido lo mejor, morir súbitamente y ser arrastrado silenciosamente hacia la nada. Por lo menos así no tendría que hacerle frente a la realidad que estaba por venir. Cada día que pasaba se arrepentía tanto de sus acciones…
De pronto escuchó pasos. Se quitó los lentes como si con eso pudiera aguzar su oído. Un ligero arrastrar de pies sobre el musgo y la hierba lo llevó a alzar lentamente su cabeza. No cabía la menor duda, ella ya se estaba acercando. Mudó su semblante de tal forma que ella no pudiera adivinar sus sentimientos, convirtiendo su faz en una pétrea máscara de emociones. Temía que, en determinado momento, ella lograra disuadirlo de la convicción que lo había llevado a ese bosque.
Entonces ella apareció detrás de un árbol, una muchacha de su misma edad. Se veía tan hermosa con aquellas flores de colores prendidas en el cabello y el níveo vestido que resaltaba su figura que el muchacho dudó por un momento de su determinación y a punto estuvo de romper su defensa. Pero no podía echarse para atrás, no más. Apretó con fuerza, pero discretamente, su puño en un intento de infundirse valor a sí mismo, de dejar atrás de una vez todo ese lastre… Debía hacerlo.
— ¿Qué haces aquí? No te esperaba sino hasta el anochecer —exclamó ella con una amplia sonrisa en el rostro.
El joven sintió ese gesto como una fría puñalada de hielo en el centro de su ser. Definitivamente debía hacerlo, así que aspiró profundamente y se puso en pie con un solo movimiento.
— Ya no vendré más, no quiero seguirte viendo —soltó tal y como lo había planeado. Lo mejor era decir las cosas sin rodeos para deglutir de una vez el trago amargo que esa decisión le suponía. Apretó los labios, esperando la respuesta de aquella muchacha a la que si vida había estado tan atada.
Contrario a toda expectativa lógica, la chica amplió su sonrisa, enseñando un par de blancas hileras, y se adelantó para tomar la mano del muchacho. Era un gesto tan cruel.
— ¿Pero qué estás diciendo?
— Que ya no quiero verte —repitió el chico. Una vez dicho por primera vez, lo demás tendría que resultar sencillo, ¿o no? Por lo pronto, se desasió de la mano de su otrora amada y dio unos pasos hacia atrás. Casi tropezó con el tronco en el que antes había estado sentado—. Esto tiene que acabarse.
— Tú no puedes tomar esa decisión, no te corresponde —la joven se acercó un par de pasos, con la vista fija en los ojos de su interlocutor. En esa mirada había algo, una cosa indeterminada.
— Claro que puedo. Esta es mi vida y quiero continuarla lejos de ti —exclamó el chico mientras gruesas y repentinas gotas de sudor surcaban su rostro. De alguna forma sabía que no se debía al calor del ambiente, sino a algo más.
— Yo te amo —exclamó la otra con una voz quebrantada, al borde del llanto, pero en sus ojos continuaba con aquella expresión terriblemente vacía de significado y, a la vez, llena de “algo” siniestro e indeterminado.
El muchacho sintió una gran opresión en el pecho al escuchar esas palabras. El aire que lo rodeaba se tornó sofocante de súbito. Parecía que su piel ardería en cualquier instante. Entonces lo recordó, supo de pronto el por qué estaba ahí haciendo tales declaraciones.
— ¡Tú estás muerta! —gritó reuniendo las fuerzas que le fueron permitidas. Él sí que estaba al borde del llanto. Sentía un millón de arpones ígneos que le traspasaban inclementes su corazón. Tal vez había cometido un error al ir ahí…
— Te equivocas, mi amor —la chica sonrío de nueva cuenta, pero en este gesto nada había de amable. Era más bien una mueca tan fría como la tumba en la que había estado reposando hasta entonces—. Tú me mataste. ¿Lo olvidas? Me enterraste aquí mismo.
—No… yo ya no… —el joven quiso replicar, pero las palabras no lograron salir de su boca. El calor que sentía era tan sofocante que lo obligo a postrarse en el húmedo suelo del bosque.
— Sí. Y desde entonces has venido a verme, cada noche. Continúas siendo el mismo adorable gusano que me estranguló con sus propias manos —dijo ella en un tono dulce al tiempo que su cuerpo comenzaba a transformarse, mostrando la pútrida criatura en la que la muerte la había convertido. Se acercó a su amado, quien se asfixiaba lentamente al tiempo que se abrasaba por dentro, y le acarició su tersa cabellera—. No te preocupes, cariño. Yo te ayudaré a ver la realidad, te ayudaré a que estemos juntos para siempre, amándonos en el mismo lugar que tú escogiste para nosotros… ¡Te he preparado un rinconcito tan acogedor en el infierno!
Cuentan los viajeros que pasan por esa zona del bosque que en ocasiones se llega a sentir un calor súbito y sofocante, acompañado por los gemidos de placer de una mujer y los desgarradores gritos de dolor de un hombre.
domingo, 15 de abril de 2012
El Titanic -Autora Aqua-
Violeta admira el Titanic. Le encanta. Es el avatar del progreso. Es el día 10 de abril del 1912. El barco zarpa del puerto de Southampton hacia Nueva York. Un viaje idílico, junto a su prometido Alessandro, en el “insumergible”. Un viaje que terminaría en Nueva York donde una semana después de llegar a tierra se casarían. Sabía ya de memoria los titulares que habían acordado con la prensa. Alessandro Mirácolo, y Violeta Galiari se casan en la Iglesia más famosa de Nueva York. El multimillonario Mirácolo se casa con una joven bellísima de una isla de Italia. ¿La familia Mirácolo proseguirá con la Galiari?
Todo era perfecto. Violeta con su pamela, sus vestidos y sus joyas, bailando con Alessandro y con algún otro joven apuesto. Bajando continuamente, siempre con una brillante sonrisa, por aquella preciosa y dorada escalinata en las dependencias de primera clase. Y Alessandro, que tenía a todo el mundo rendido a sus pies, y al que no, ya lo arreglaba él, con sus fajos de billetes.
Comían cada día en el comedor de primera clase, con un puñado de sirvientes que no dejaban de preguntarles si querían algo más. Violeta era paciente, amable, risueña, alegre, guapa, el tipo de chica que todo el mundo quería. Alessandro, todo lo contrario, trataba fatal a cualquier persona que no fuera mínimamente rica, era altivo, gallardo, serio, demasiado avaro, el tipo de hombre que maduraba fatal y el abuelo gruñón.
Pero no vengo a hablar de esto. Vengo a hablar de aquel momento fatídico en que el Titanic pasó a ser historia, de la forma menos pensada. El domingo 14 de abril de 1912 era el quinto día que el barco navegaba por las aguas del Atlántico Norte, a toda velocidad. Se aproximaba a las costas de Terranova. Desde las dos menos veinte de la tarde se recibieron mensajes de distintos barcos que advertían el peligro de icebergs. Nadie adivinó que aquellos mensajes eran el preludio de una tragedia. No se redujo la velocidad, a pesar del conocimiento, de aquellos grandes bloques de hielo. Se creían infalibles, muy seguros de su buque y de sí mismos. Al caer la noche se tomaron las medidas pertinentes para divisar posibles bloques durante la ruta. Hasta el último momento se recibieron mensajes de advertencia, a los que no se hizo el menor caso. La dificultad para detectar el peligro era parte de la soberbia que acompañaba al Titanic. A las once todo el mundo estaba acostado, media hora después, se divisó un iceberg, a unos quinientos metros de distancia. La capacidad de maniobra era muy reducida, y el iceberg les rozó de costado. Thomas Andrews, que diseñó su sistema de seguridad, constató que estaba seriamente afectado. Que se hundía. El pánico cobró vida. Los botes salvavidas no eran suficientes. No se llenaban del todo, eran desaprovechados. Incluso en aquel momento los beneficiados eran los de primera clase. Hacía unos minutos unos hombres que trabajaban en el barco habían sacado a Violeta y a Alessandro del camarote, les habían puesto unos chalecos salvavidas y estaban esperando uno de aquellos botes. Les llegó el turno. Violeta estaba asustada, pero tenía esperanza de que iban a salir indemnes de aquella situación. Pero Alessandro vio que aquel bote estaba lleno de personas de tercera clase. Se acordó de también de todo su dinero guardado en la caja fuerte de su habitación. Se bajó del bote.
-¡Violeta! ¡Voy a por tus joyas. Nos reuniremos luego. Cuando nos recojan!
-¡No te vayas…! ¡Te quedarás ahí!¡No, no, no…! ¡NOOOOOOOOO!
Pero sus gritos desgarrados no impidieron nada a Alessandro. Cuando ya llegaba a la caja fuerte el barco se partió en dos y comenzó el proceso de hundimiento. El agua le llegaba por la barbilla. Ni siquiera llegó a la superficie. Horas después la gente seguía en el agua. En las barcas. Semicongelados intentando nadar. Muertos por el frío. Con miles de historias entre los dedos, esperando no morir con ellos. Y finalmente el trayecto acabó con la muerte de muchísimas personas, de la esperanza en que el progreso lo era todo, de la altivez, del orgullo.
Y, al igual que el Titanic, Alessandro murió por su altivez y su avaricia, acabó con la singular creencia de que el hombre lo podía todo, incluso con la naturaleza.
Todo era perfecto. Violeta con su pamela, sus vestidos y sus joyas, bailando con Alessandro y con algún otro joven apuesto. Bajando continuamente, siempre con una brillante sonrisa, por aquella preciosa y dorada escalinata en las dependencias de primera clase. Y Alessandro, que tenía a todo el mundo rendido a sus pies, y al que no, ya lo arreglaba él, con sus fajos de billetes.
Comían cada día en el comedor de primera clase, con un puñado de sirvientes que no dejaban de preguntarles si querían algo más. Violeta era paciente, amable, risueña, alegre, guapa, el tipo de chica que todo el mundo quería. Alessandro, todo lo contrario, trataba fatal a cualquier persona que no fuera mínimamente rica, era altivo, gallardo, serio, demasiado avaro, el tipo de hombre que maduraba fatal y el abuelo gruñón.
Pero no vengo a hablar de esto. Vengo a hablar de aquel momento fatídico en que el Titanic pasó a ser historia, de la forma menos pensada. El domingo 14 de abril de 1912 era el quinto día que el barco navegaba por las aguas del Atlántico Norte, a toda velocidad. Se aproximaba a las costas de Terranova. Desde las dos menos veinte de la tarde se recibieron mensajes de distintos barcos que advertían el peligro de icebergs. Nadie adivinó que aquellos mensajes eran el preludio de una tragedia. No se redujo la velocidad, a pesar del conocimiento, de aquellos grandes bloques de hielo. Se creían infalibles, muy seguros de su buque y de sí mismos. Al caer la noche se tomaron las medidas pertinentes para divisar posibles bloques durante la ruta. Hasta el último momento se recibieron mensajes de advertencia, a los que no se hizo el menor caso. La dificultad para detectar el peligro era parte de la soberbia que acompañaba al Titanic. A las once todo el mundo estaba acostado, media hora después, se divisó un iceberg, a unos quinientos metros de distancia. La capacidad de maniobra era muy reducida, y el iceberg les rozó de costado. Thomas Andrews, que diseñó su sistema de seguridad, constató que estaba seriamente afectado. Que se hundía. El pánico cobró vida. Los botes salvavidas no eran suficientes. No se llenaban del todo, eran desaprovechados. Incluso en aquel momento los beneficiados eran los de primera clase. Hacía unos minutos unos hombres que trabajaban en el barco habían sacado a Violeta y a Alessandro del camarote, les habían puesto unos chalecos salvavidas y estaban esperando uno de aquellos botes. Les llegó el turno. Violeta estaba asustada, pero tenía esperanza de que iban a salir indemnes de aquella situación. Pero Alessandro vio que aquel bote estaba lleno de personas de tercera clase. Se acordó de también de todo su dinero guardado en la caja fuerte de su habitación. Se bajó del bote.
-¡Violeta! ¡Voy a por tus joyas. Nos reuniremos luego. Cuando nos recojan!
-¡No te vayas…! ¡Te quedarás ahí!¡No, no, no…! ¡NOOOOOOOOO!
Pero sus gritos desgarrados no impidieron nada a Alessandro. Cuando ya llegaba a la caja fuerte el barco se partió en dos y comenzó el proceso de hundimiento. El agua le llegaba por la barbilla. Ni siquiera llegó a la superficie. Horas después la gente seguía en el agua. En las barcas. Semicongelados intentando nadar. Muertos por el frío. Con miles de historias entre los dedos, esperando no morir con ellos. Y finalmente el trayecto acabó con la muerte de muchísimas personas, de la esperanza en que el progreso lo era todo, de la altivez, del orgullo.
Y, al igual que el Titanic, Alessandro murió por su altivez y su avaricia, acabó con la singular creencia de que el hombre lo podía todo, incluso con la naturaleza.
sábado, 14 de abril de 2012
El Titanic -Autor Ichabod-
Bajo las olas
Me gustaría que pudieses ver este crucero. Es bastante grande y se ve tan moderno que me parece imponente. Dicen que realizaremos el mismo recorrido que hizo el Titanic hace cien años y que nos detendremos en el sitio exacto donde se hundió para conmemorar a las víctimas ¿No es emocionante? ¡Cuánto me gustaría que estuvieses aquí!
Al subir la escalinata de abordaje me percato de lo mucho que extraño tu presencia. Hubiéramos visto el puerto alejarse desde la barandilla, con tu cintura entre mis brazos. Tal vez hubiera hecho alguna broma y tú tal vez te hubieras reído, quizás luego habrías acariciado mis manos y recostado tu cabeza en mi hombro. Quizás…
Hay gente aquí de muchos países, no solo de Inglaterra. He visto alemanes, franceses, rusos y estadounidenses, entre otros. Ellos me hablan y se asombran de que domine bien todas sus lenguas. Esto es para que veas que, desde que nos separamos, no he perdido el tiempo. En particular, he hecho amistad con una pareja originaria de Nueva York; son personas jóvenes que han decidido comprar los boletos en este crucero conmemorativo para su luna de miel. Vienen vestidos con trajes de la época y cualquiera que los viera diría que, en verdad, son dos fotografías de papel sepia que han salido a explorar el mundo actual. ¡Oh, si los vieras te reirías tanto!
Yo les cuento de mí, de lo mucho que sé y de lo mucho que he viajado. Pero, sobre todo, les cuento sobre ti. Les platico de tu hermosa sonrisa que era capaz de hacer palidecer al sol y de sonrojar a la luna y de tu voz que quebraba el sonido al punto de hacer reír al viento. Ellos solo se ríen. Supongo que les sorprende que una persona tan anciana como yo recuerde aún a su primer amor. ¡Ay, si tan solo estuvieras aquí!
Durante la cena hay una orquesta como la de hace cien años que toca música hermosa, tanto que me hace añorarte y ver tu rostro dibujado en cada una de las esquinas y ventanas del comedor; me imagino que estas aquí y que puedo tomarte de la cintura para bailar como lo hacíamos entonces. Eso es en verdad lo que quiero hacer. Pero solo atino a llevarme la comida a mi boca y tomar tragos ocasionales de whisky con unos toques de lágrimas mudas.
Los días siguientes transcurren con igual monotonía. Suelo desayunar con aquellos viajeros neoyorkinos y a la noche ceno con la misma patética música de fondo; solo es en mi camarote donde tengo un momento de solaz porque estoy a solas con tu recuerdo. Trato de evocar tu perfil, tu figura y tu belleza pero mi memoria ya no es la misma. Poco a poco he perdido tu voz, tus risas, tu esencia. Y si vieras cómo he llorado.
¿Recuerdas cuando veíamos las gaviotas en el cielo y los delfines en el agua? ¡Ah! He llorado por esos momentos porque yo ya no los recuerdo. Tantos años me han obligado a cortar aquellos lazos que nos unían y que, ingenuamente, creíamos eternos. Mis lágrimas se confunden con el mar durante el día y con las estrellas durante la noche. Estoy relleno de pequeños pedazos de cristal que me tasajean cruelmente el alma. Cuando pienso en ello, lloro amada mía, lloro por ti y, sobre todo, por mí.
Deambulando por la cubierta al cuarto día escuchó la voz del capitán por los altoparlantes: “En la noche llegaremos al punto exacto de hundimiento del Titanic. Una vez ahí, ofreceremos una ceremonia a la memoria de todas las víctimas mientras la orquesta nos acompañará con una participación especial”. Entonces una sonrisa surca mi desvencijado rostro y, si pudiera, daría saltos de alegría.
Mientras busco en mi camarote aquello que durante tantos años he guardado, acuden a mi mente por fin los recuerdos. Mis manos tiemblan ante la remembranza de tu cuerpo y evoco aquellos momentos en los que acariciaba la tibia sencillez de tu ser: tu boca, tus mejillas, tus senos, tu vientre… todo vuelve a mí como un torbellino de emociones que amenaza con llevarse los despojos de mi alma. ¡Oh amada! Espero que tú también sientas mi cercanía y evoques aquellas noches en las que me entregabas tu ser y yo, a cambio, te otorgaba una pequeña rosa envuelta con mi carne misma.
Las noches en medio de la nada son heladas, frías. Es un desierto de viento cortante que se afana en destruir todo cuanto queda de los sueños de un hombre y reducirlos al eco que caracteriza al olvido. Es como aquella noche en la que nos separamos. Las estrellas todavía se burlan de mí con sus titilantes sonrisas. Yo solo camino por la cubierta con aquello que durante tantos años guardé: este traje esta apolillado y roído por las ratas.
“Parece usted una fotografía vieja. Directo de inicios del siglo pasado” me dicen mis amigos neoyorkinos al verme con esta ropa. Ahora comprendo que hice mal en juzgarlos. Me invitan a acudir con ellos a la ceremonia; yo me excuso diciendo que debo pasar antes al baño. Una mentira que se le perdona a un viejo como yo.
En su lugar me dirijo a popa del barco. No hay nadie ahí. El barco está detenido. Me llega la melodía tocada por la orquesta, aquella con la que se hundió aquél coloso de hierro hace un siglo. Y lloro de nuevo, amada mía, porque las notas son las mismas con las que nos despedimos. Me asomo hacia la inmensa negrura de las aguas y ahí, bajo las tímidas olas, alcanzo a distinguir tu pálido semblante.
Me aviento por la borda. Llevo el mismo traje con el que nos despedimos, con el que sostuve tu mano en un mar helado, con el que besé por última vez tus gélidos labios. He envejecido, pero sé que tú no has cambiado, te has conservado intacta en las oscuras cámaras de la muerte. ¿Te has alistado también?, ¿llevas aquél hermoso vestido que te regalé hace casi cien años para hacer el viaje de nuestras vidas?, ¿me has aderezado una habitación en ese barco herrumbroso en el fondo del mar? Mientras desciendo me siento rejuvenecer. Te veo venir a mí a medida que la vida abandona mi acabado cuerpo. Y por fin, hermosa mía, volvemos estar juntos en el mismo punto en el que nos separamos aquella aciaga noche de abril de 1912. Esta vez, te prometo, terminaremos junto nuestro viaje.
martes, 27 de marzo de 2012
La frase -Autora Aqua-
Julia entró en la sala haciendo repiquetear sus tacones en el suelo de mármol perfectamente pulido. Abrió la puerta y se sentó en su sillón de cuero negro, frente al que, sin mirar, sabía que estaría sentado su paciente desde hace media hora, como cada viernes por la tarde desde hace un mes.
Se llamaba James, tenía el pelo negro alborotado, una camiseta oscura de un grupo poco conocido de Rock´n Roll y una expresión de total nerviosismo.
-Hola James, ¿qué tal todo?
Él se pasó una mano por el pelo, desordenándolo, si cabe, aún más. Hizo un gesto de enfado con las manos, como si se estuviera controlando.
-Me gustaría saber para qué cojones me haces esa pregunta Julia. Mal, mal, infinitamente mal. Como todos los putos viernes. No quiero venir aquí, no estoy enfermo. Sólo perdemos el tiempo, tanto tú como yo.
Julia también se estaba controlando.
-Limítate a contestarme.
-No a esa pregunta.
-Vale, pero ¿me has traído lo que te pedí?
-Sí.- Abrió la mochila, sacó una hoja de papel algo arrugada y se la dio.- Toma.
-Te pedí que resumieras tu “suceso”, pero… ¿en tan sólo una frase? Veamos: El placer de partirle el cuello a un gato sólo podía equipararse a la emoción de sacar otro de la bolsa, para volver a escuchar el “clac”. Vaya…
Su paciente le miró a los ojos de una forma demasiado directa.
-Venga, analízala. Si te atreves.
- Ese es mi trabajo James, analizarte. ¿Tuviste alguna mascota en tu infancia?
-No.
-¿Te maltrataron de alguna forma?
El chico frunció el ceño.
-¿Por qué no hacemos una sesión como las otras? ¿Viendo vídeos de autocontrol? ¿O preguntándome cosas de mi vida? ¿O mejor por qué no me cuentas algo de tu perfecto pasado Julia? ¿De por qué llevas siempre ese ajustado moño? Porque yo te cuento todo lo que me pides, pero tú nunca cuentas nada.
Silencio. De repente, la ira acumulada todos esos días, el autocontrol perfectamente erigido en sus pensamientos, en sus labios y en su lengua, todo eso y mucho más salió a borbotones, junto con la goma invisible que sujetaba perfectamente los largos mechones de Julia.
-¿Sabes qué James? ¡Estoy harta! Vengo aquí y escucho, analizo, como dices tú. Me trago vuestros problemas y les doy solución, pero nadie les da solución a los míos. ¡Mi pasado no fue perfecto joder! ¡Fue horroroso! Mi padre me pegaba, iba al instituto con moratones, pasaba una vergüenza enorme todos los días. Llamaron a casa para ver qué pasaba y les contestó él, drogado, les dijo que le dejaran en paz y que me mandaran a casa si había problemas. Así que me mandaron a casa, supongo que no les importaba lo más mínimo. Cogí la cartera de mi madre y me fui, con dos mudas y algo de comida. El tren más próximo me dejó en casa de una amiga, en la que no me pude quedar. Viví un mes entero en un parque, lavándome de noche en una fuente. Me despertaba casi de madrugada para que nadie me echara. Luego llegó el orfanato, en el que llevar el pelo largo y suelto era casi un suicidio, en el que te pegaban si levantabas la voz y en el que no se podía opinar bajo ningún concepto. Cuando pensé que venían a adoptarme, era él. Mi padre. Me había encontrado. Y venía con una fingida sonrisa y un renovado aspecto. Pero no me lo creí. Cogí mi bolsa de la ropa sucia e intenté ahogarle, cuando íbamos de vuelta a “casa”, pero no pude. Fui débil, tonta. Porque si le hubiera matado entonces no me hubiera dado más problemas. Más tarde usé mi voz para ganarme la vida. Cantando en bares y centros comerciales por unas monedillas, con las que pagaba una habitación minúscula. Y, de nuevo, cuando todo empezaba a ir mejor, él volvió. Por suerte, mientras me violaba la viejecilla que me alquilaba la casa pasó a cobrarme el dinero del mes y lo vio todo por la ventana. Le detuvieron por unos cuantos años y después nada, no sé nada. Con el dinero del juicio terminé mis estudios y empecé una carrera en la universidad, psicología. Me casé. Sigo teniendo miedo en el cuerpo. Tengo una pistola debajo de la almohada y otra junto a la puerta. Cuando me cuentan un caso de maltrato me hierve la sangre y llego al punto de querer asesinarles, a ellos, a los que hacen daño. Pero entonces recuerdo que no fui capaz de ahogarle y creo que no voy a poder hacer nada si se me presenta otro caso delante de los ojos. Mi pasado no fue perfecto James, pero eso depende de a lo que tú llames perfecto. Aunque si debería estar tan loca como para asesinar gatos, no sé si tú sí. Y ahora sal de aquí. No quiero verte más. Yo se lo explicaré a tus padres.
-Al menos me he llevado algo de todo esto.
-Ja, ¿en serio?
-Que por mucho que tu vida esté jodida no hay que quejarse, siempre hay otro con una vida peor.
-Pues sí, has aprendido algo. Adiós James.
La puerta se cerró con suavidad y Julia se secó una lágrima, se hizo de nuevo su moño y se rehízo completamente, o eso pareció, antes de que su siguiente paciente llegara.
Se llamaba James, tenía el pelo negro alborotado, una camiseta oscura de un grupo poco conocido de Rock´n Roll y una expresión de total nerviosismo.
-Hola James, ¿qué tal todo?
Él se pasó una mano por el pelo, desordenándolo, si cabe, aún más. Hizo un gesto de enfado con las manos, como si se estuviera controlando.
-Me gustaría saber para qué cojones me haces esa pregunta Julia. Mal, mal, infinitamente mal. Como todos los putos viernes. No quiero venir aquí, no estoy enfermo. Sólo perdemos el tiempo, tanto tú como yo.
Julia también se estaba controlando.
-Limítate a contestarme.
-No a esa pregunta.
-Vale, pero ¿me has traído lo que te pedí?
-Sí.- Abrió la mochila, sacó una hoja de papel algo arrugada y se la dio.- Toma.
-Te pedí que resumieras tu “suceso”, pero… ¿en tan sólo una frase? Veamos: El placer de partirle el cuello a un gato sólo podía equipararse a la emoción de sacar otro de la bolsa, para volver a escuchar el “clac”. Vaya…
Su paciente le miró a los ojos de una forma demasiado directa.
-Venga, analízala. Si te atreves.
- Ese es mi trabajo James, analizarte. ¿Tuviste alguna mascota en tu infancia?
-No.
-¿Te maltrataron de alguna forma?
El chico frunció el ceño.
-¿Por qué no hacemos una sesión como las otras? ¿Viendo vídeos de autocontrol? ¿O preguntándome cosas de mi vida? ¿O mejor por qué no me cuentas algo de tu perfecto pasado Julia? ¿De por qué llevas siempre ese ajustado moño? Porque yo te cuento todo lo que me pides, pero tú nunca cuentas nada.
Silencio. De repente, la ira acumulada todos esos días, el autocontrol perfectamente erigido en sus pensamientos, en sus labios y en su lengua, todo eso y mucho más salió a borbotones, junto con la goma invisible que sujetaba perfectamente los largos mechones de Julia.
-¿Sabes qué James? ¡Estoy harta! Vengo aquí y escucho, analizo, como dices tú. Me trago vuestros problemas y les doy solución, pero nadie les da solución a los míos. ¡Mi pasado no fue perfecto joder! ¡Fue horroroso! Mi padre me pegaba, iba al instituto con moratones, pasaba una vergüenza enorme todos los días. Llamaron a casa para ver qué pasaba y les contestó él, drogado, les dijo que le dejaran en paz y que me mandaran a casa si había problemas. Así que me mandaron a casa, supongo que no les importaba lo más mínimo. Cogí la cartera de mi madre y me fui, con dos mudas y algo de comida. El tren más próximo me dejó en casa de una amiga, en la que no me pude quedar. Viví un mes entero en un parque, lavándome de noche en una fuente. Me despertaba casi de madrugada para que nadie me echara. Luego llegó el orfanato, en el que llevar el pelo largo y suelto era casi un suicidio, en el que te pegaban si levantabas la voz y en el que no se podía opinar bajo ningún concepto. Cuando pensé que venían a adoptarme, era él. Mi padre. Me había encontrado. Y venía con una fingida sonrisa y un renovado aspecto. Pero no me lo creí. Cogí mi bolsa de la ropa sucia e intenté ahogarle, cuando íbamos de vuelta a “casa”, pero no pude. Fui débil, tonta. Porque si le hubiera matado entonces no me hubiera dado más problemas. Más tarde usé mi voz para ganarme la vida. Cantando en bares y centros comerciales por unas monedillas, con las que pagaba una habitación minúscula. Y, de nuevo, cuando todo empezaba a ir mejor, él volvió. Por suerte, mientras me violaba la viejecilla que me alquilaba la casa pasó a cobrarme el dinero del mes y lo vio todo por la ventana. Le detuvieron por unos cuantos años y después nada, no sé nada. Con el dinero del juicio terminé mis estudios y empecé una carrera en la universidad, psicología. Me casé. Sigo teniendo miedo en el cuerpo. Tengo una pistola debajo de la almohada y otra junto a la puerta. Cuando me cuentan un caso de maltrato me hierve la sangre y llego al punto de querer asesinarles, a ellos, a los que hacen daño. Pero entonces recuerdo que no fui capaz de ahogarle y creo que no voy a poder hacer nada si se me presenta otro caso delante de los ojos. Mi pasado no fue perfecto James, pero eso depende de a lo que tú llames perfecto. Aunque si debería estar tan loca como para asesinar gatos, no sé si tú sí. Y ahora sal de aquí. No quiero verte más. Yo se lo explicaré a tus padres.
-Al menos me he llevado algo de todo esto.
-Ja, ¿en serio?
-Que por mucho que tu vida esté jodida no hay que quejarse, siempre hay otro con una vida peor.
-Pues sí, has aprendido algo. Adiós James.
La puerta se cerró con suavidad y Julia se secó una lágrima, se hizo de nuevo su moño y se rehízo completamente, o eso pareció, antes de que su siguiente paciente llegara.
viernes, 27 de enero de 2012
Sensaciones -Autora Aqua-
Se despertó. Vi cómo se revolvía entre las sábanas, las curvas de su cadera debajo y sus dedos de los pies asomando graciosamente al final. Abrió los ojos del todo, como si estuviera impactada por algo, como hacía siempre, y yo, a modo de bienvenida, le soplé en las pestañas. Sonrió y bajó por las escaleras corriendo, se sentó a la mesa del desayuno y miró hacia el jardín, viéndome sin saberlo. Amaba su piel bronceada, como de café con leche, sus dedos largos y sus labios rojos. Amaba la forma en que su pelo se movía cuando se lo revolvía y como se estremecía ante una película de miedo. Yo siempre he estado con ella. Siempre. Cuando llegó al mundo, con el primer rayo de sol de una mañana de septiembre, estaba allí. Sólo era una visita, pero me quedé unos segundos, luego unos minutos, y al cabo de una hora terminé por convencerme a mí mismo de que allí me necesitaban, de que necesitaban que les ayudara. Lo único importante, lo que me negaba, era que ella era especial, era diferente, que me quedaba por ella. O, puede, que simplemente, el destino dictara que en ese momento, debía parar mi trayectoria, quedarme quieto en algún sitio, darle importancia a algo. Pero lo que hizo que me decidiera totalmente fue su risa, no su llanto, como el de la mayoría de esas cositas sonrosadas, ese sonido tan especial, tan mágico.
Me quedé allí, para siempre, o al menos hasta que esa vida se apagara. Seguí sus pasos, observé como empezaba a entender el mundo que había a su alrededor, cómo crecía, soñaba y cambiaba. Y, supongo que, como esperáis, me enamoré de ella. Poco a poco, tan poco a poco, que me costó demasiado tiempo entenderlo. Desde entonces la cuidé aún más, yo me encargaba de que a su alrededor no hiciera demasiado calor o demasiado frío, de que una suave brisa la envolviera para ayudarle a dormir. Fue lo único que amé en mi vida, y también lo único que odié. Ni siquiera tendría que tener sentimientos, pero supongo, que ella hizo que por una vez estuviera vivo, del todo. Y eso implica tantas cosas… Porque la inteligencia de los humanos no llega a tanto como piensan, ¿o acaso se han parado a explicarse si el aire siente, si esas brisas que te envuelven, no pueden ser suaves caricias, si esas ráfagas de aire frío no significan enfados?
Pero, como tantos otros, éste es un amor no correspondido, o comprendido, que para el caso es lo mismo. Porque yo soy sólo un soplo de viento, soy aire, y ella es de carne y hueso.
Me quedé allí, para siempre, o al menos hasta que esa vida se apagara. Seguí sus pasos, observé como empezaba a entender el mundo que había a su alrededor, cómo crecía, soñaba y cambiaba. Y, supongo que, como esperáis, me enamoré de ella. Poco a poco, tan poco a poco, que me costó demasiado tiempo entenderlo. Desde entonces la cuidé aún más, yo me encargaba de que a su alrededor no hiciera demasiado calor o demasiado frío, de que una suave brisa la envolviera para ayudarle a dormir. Fue lo único que amé en mi vida, y también lo único que odié. Ni siquiera tendría que tener sentimientos, pero supongo, que ella hizo que por una vez estuviera vivo, del todo. Y eso implica tantas cosas… Porque la inteligencia de los humanos no llega a tanto como piensan, ¿o acaso se han parado a explicarse si el aire siente, si esas brisas que te envuelven, no pueden ser suaves caricias, si esas ráfagas de aire frío no significan enfados?
Pero, como tantos otros, éste es un amor no correspondido, o comprendido, que para el caso es lo mismo. Porque yo soy sólo un soplo de viento, soy aire, y ella es de carne y hueso.
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